Se reedita —y esta vez de forma más profunda— la dicotomía que marcó los primeros dos años del gobierno libertario: euforia financiera arriba, devastación productiva abajo. Mientras el equipo económico celebra indicadores que entusiasman a fondos de inversión y organismos internacionales, la economía real se hunde en una crisis que ya impacta de lleno en el empleo y el tejido social.

El oficialismo termina el año embriagado por la posibilidad de volver a los mercados internacionales de deuda en el corto plazo. Para lograrlo, cedió a las exigencias del FMI y del mercado, modificando el esquema de bandas cambiarias que había defendido como dogma. El techo del tipo de cambio —que subía artificialmente al 1% mensual, muy por debajo de la inflación— pasó a ajustarse en línea con los precios. Es decir: el gobierno abandonó su propio relato anti-devaluatorio ante la presión externa.

La reacción fue inmediata: los bonos soberanos se dispararon, el riesgo país perforó los 600 puntos y el Ministerio de Economía volvió a fantasear con nuevas emisiones de deuda para refinanciar vencimientos. El mercado aplaudió. El FMI sonrió. Pero la pregunta clave sigue sin respuesta: ¿para quién gobierna Milei?


Un país pensado para los bonos, no para producir

El entusiasmo financiero contrasta brutalmente con lo que ocurre en la economía real. Mientras los traders festejan en las pantallas, la industria atraviesa una crisis traumática, con cierre de fábricas, suspensiones y despidos. El ajuste no es abstracto: tiene nombre, apellido y consecuencias concretas en el mundo del trabajo.

La escena es elocuente: al mismo tiempo que el riesgo país tocaba su nivel más bajo en siete años, el Congreso avanzaba con una reforma laboral regresiva y las calles del microcentro se llenaban de movilizaciones. Un recordatorio incómodo para el gobierno: la Argentina no vive de la timba financiera, vive de su aparato productivo y de su gente.


Euforia de corto plazo, conflicto asegurado

No es la primera vez que el país atraviesa este tipo de espejismos. La historia económica argentina está plagada de ciclos de euforia financiera sin correlato productivo. El patrón se repite: los mercados compran sin preguntar, los indicadores financieros mejoran, el gobierno se enamora de su propio relato… hasta que la realidad social impone un límite.

Cuando el ajuste empieza a sentirse en los bolsillos, cuando el desempleo crece y el salario se pulveriza, el humor social cambia. Y cuando eso ocurre, el derrumbe suele ser tan rápido como fue la euforia.

El problema del modelo de Milei no es técnico: es político y social. Puede ordenar algunas variables financieras, pero lo hace desordenando la vida cotidiana, destruyendo empleo y erosionando la base productiva del país. El idilio financiero, como tantas veces antes, se sostiene sobre un infierno productivo que tarde o temprano pasa factura.

By Brian

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *