El gobierno de Javier Milei tropezó cuando menos lo esperaba. Y no fue un accidente menor ni un simple traspié táctico: fue la confirmación de que la supuesta “topadora libertaria” tiene límites políticos, sociales y parlamentarios que ni siquiera los sectores más dialoguistas están dispuestos a cruzar sin costo.

Lo ocurrido en el Congreso entre miércoles y jueves mostró que la disputa sigue abierta, pese al clima triunfalista que el oficialismo intentó instalar. El Ejecutivo conserva la iniciativa y la fijación de agenda —todo gira en torno a lo que hace o deja de hacer Milei—, pero esa centralidad no se traduce automáticamente en eficacia política ni en gobernabilidad real.


Iniciativa sin conducción, agenda sin sensibilidad

El Presidente sigue concentrando la escena pública, incluso desde el registro más grotesco. Que Milei haya celebrado en un streaming la represión a jubilados, afirmando que el camión hidrante les “enseña a bañarse”, no es una anécdota: es un síntoma del desprecio social y la brutalidad discursiva que caracterizan al oficialismo. Esa vulgaridad no es marginal; explica en parte cómo se gobierna y con quiénes.

Mientras tanto, no hay una oposición con capacidad de impacto nacional, aunque sí emergen resistencias puntuales. La provincia de Buenos Aires logra sostenerse pese al ahogo financiero de la Casa Rosada y continúa obras públicas que el gobierno nacional paralizó por completo. Sin embargo, esas acciones no logran romper el cerco mediático ni construir una alternativa visible.


La torpeza legislativa como método

El episodio del Presupuesto Nacional es ilustrativo. Con una mezcla de soberbia e improvisación, el Gobierno intentó colar —una vez más— artículos destinados a desfinanciar universidades, salud pública y políticas sociales, ignorando derrotas previas tanto en el Congreso como en la calle.

El resultado fue un nuevo fracaso. Y no por una jugada brillante de la oposición, sino por la impericia absoluta del oficialismo. No hubo negociación previa, ni advertencias, ni operadores eficaces. Todo quedó reducido a internas, acusaciones de traición y pases de factura.

El Gobierno llegó incluso a insinuar que podría vetar su propio Presupuesto, una rareza institucional que revela el nivel de desorden interno. Pero esa amenaza choca con un dato clave: el FMI exige que el Presupuesto sea aprobado, bajo riesgo de perder el “waiver” que Argentina necesita tras incumplir metas. Porque conviene no olvidarlo: este es un gobierno condicionado por Washington.


Reforma laboral caída y autoridad en retroceso

La reforma laboral también quedó empantanada. Pese al tono altisonante, Patricia Bullrich no logró disciplinar a la tropa y terminó admitiendo que el proyecto se postergará hasta febrero. El relato del diálogo aparece como una coartada: lo real es que el Gobierno no tiene muñeca política, ni siquiera con aliados circunstanciales.

Los gobernadores “con peluca”, los bloques sueltos y los legisladores permeables al toma y daca no son piezas mecánicas. Responden al clima social, a la presión callejera y a los límites simbólicos que aún persisten. Creer que todo se resuelve con giros discrecionales —más de 65 mil millones repartidos entre provincias amigas— es una visión primitiva de la política.


Ajuste brutal, política precaria

El mileísmo es resolutivo para aplicar ajuste, pero extraordinariamente torpe para construir consensos durables. Promete y no cumple, usa y descarta aliados, y confunde intimidación con liderazgo. El PRO puede dar testimonio de ello; esta semana también lo aprendió Ritondo.

Mientras la oposición siga fragmentada, el Gobierno encontrará margen para avanzar. Pero cada vez que intenta ir demasiado lejos —universidades, Garrahan, discapacidad— aparece un límite. No por convicción heroica, sino por temor al costo político.


Todavía hay disputa

El balance es claro: Milei conserva iniciativa, pero no hegemonía. Gobierna con brutalidad económica y pobreza política. Su proyecto avanza, pero no arrasa. Tropieza, retrocede, improvisa.

Y eso confirma algo central: la Argentina no está cerrada, ni derrotada del todo. Todavía hay disputa social, política y parlamentaria. Una condición mínima, pero indispensable, para que “lo Milei” no termine de imponerse como destino inevitable.

By Brian

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *