Mientras Sidney homenajea a las 15 personas asesinadas en el ataque antisemita de Bondi Beach, comienzan a emerger lecturas incómodas que van mucho más allá del horror inmediato. La masacre no solo dejó muertos y heridos: dejó preguntas políticas de enorme gravedad que el discurso oficial intenta esquivar.

La primera es evidente: ¿cómo fue posible que un atentado de esta magnitud ocurriera bajo la mirada de Pine Gap, una de las bases de espionaje más sofisticadas del planeta, controlada por Estados Unidos y ubicada en territorio australiano? Un enclave capaz de interceptar millones de comunicaciones globales, pero incapaz —o desinteresado— en prevenir un ataque antisemita en la playa más concurrida del país.

La segunda pregunta apunta a la intromisión directa de Benjamin Netanyahu en la política interna australiana. ¿Con qué autoridad un primer ministro acusado de crímenes de guerra y corrupción responsabiliza al gobierno laborista por el atentado, acusándolo de “incentivar el antisemitismo” por reconocer al Estado palestino? La utilización del dolor de las víctimas para disciplinar políticamente a otro país es tan obscena como reveladora.

La tercera inquietud surge del debate que se abrió tras la masacre: ¿por qué ahora se discute prohibir manifestaciones contra el genocidio en Gaza, cuando apenas meses atrás Australia fue escenario de la marcha pacífica más grande del mundo contra la política israelí? El intento de equiparar protesta política con violencia antisemita no es ingenuo: es funcional a silenciar el disenso.


Seguridad selectiva y violencia tolerada

Australia no vivía un ataque de estas características desde la masacre de Port Arthur en 1996, que llevó al país a endurecer su legislación sobre armas. Aquella política permitió retirar más de 650 mil armas del mercado y sostuvo casi tres décadas sin episodios similares. Sin embargo, uno de los atacantes de Bondi Beach tenía seis permisos legales para portar rifles de asalto, una contradicción que reabre el debate sobre la presión constante de la extrema derecha para flexibilizar los controles.

Esa presión tiene nombres propios. Pauline Hanson, referente del ultraderechista partido Una Nación, había abogado reiteradamente por relajar las leyes de armas, incluso sugiriendo —en una investigación encubierta de Al Jazeera— que solo una nueva masacre permitiría cambiarlas. El mismo informe reveló intentos de financiamiento desde la Asociación Nacional del Rifle de EE.UU., exportadora global de muerte y lobby.


Pine Gap: inútil para salvar vidas, eficaz para destruirlas

La teoría conspirativa deja de serlo cuando se observan los hechos. Pine Gap, denunciada por Edward Snowden en 2013, es un centro neurálgico del sistema de espionaje Five Eyes, utilizado para interceptar comunicaciones y proveer inteligencia militar de alto valor.

Esa base no evitó el ataque de Bondi Beach, pero sí —según múltiples investigaciones periodísticas— proveyó información satelital clave para los bombardeos israelíes sobre Gaza. Un ex analista de la NSA declaró que Pine Gap monitorea permanentemente la Franja y comparte inteligencia útil para Israel. Es decir: vigilancia total para la guerra, ceguera absoluta para la prevención civil.

La acusación de Netanyahu contra el gobierno australiano es, en ese contexto, una muestra extrema de cinismo geopolítico. El mismo gobierno israelí que se beneficia de la infraestructura de espionaje en suelo australiano acusa a ese país de no combatir el antisemitismo mientras lleva adelante una campaña de exterminio contra el pueblo palestino.


El héroe que desarma el relato del odio

En medio del horror emergió una figura que desarma todos los discursos racistas: Ahmed al-Ahmed, un frutero sirio musulmán que, desarmado, se abalanzó sobre uno de los atacantes para evitar que la masacre continuara. Recibió dos disparos, salvó vidas y hoy es considerado un héroe nacional.

Al-Ahmed no solo arriesgó su vida: desnudó la hipocresía del sistema global. Porque ese mismo hombre no podría ingresar a Estados Unidos, ni siquiera como turista. Siria integra la lista de países cuyos ciudadanos tienen prohibida la entrada por orden de Donald Trump.

El héroe que salvó judíos de un ataque antisemita es, para Occidente, un sujeto sospechoso por origen y religión.


Antisemitismo real, instrumentalización política

Nada de esto relativiza el antisemitismo ni el dolor de las víctimas. Por el contrario: lo agrava. Porque instrumentalizar el antisemitismo para justificar genocidios, silenciar protestas y disciplinar gobiernos no combate el odio: lo reproduce y lo pervierte.

Mientras Sidney llora a sus muertos, la pregunta que queda flotando es incómoda pero inevitable: ¿a quién protege realmente el orden internacional y a quién considera descartable?

By Brian

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