La música nunca fue estática, pero en el presente el pulso del cambio lo marcan las pantallas. En un escenario global donde los rankings se nutren de canciones nacidas en desafíos virales y fragmentos de pocos segundos, los artistas se enfrentan a un dilema nuevo: cómo habitar las redes sociales sin diluir su identidad ni convertir la creación en un simple producto del algoritmo.
Lisandro Skar acomoda el celular, ajusta el encuadre y empieza a cantar. No hay luces ni público, apenas la cámara frontal y algunos gestos heredados del rock rolinga. El estribillo suena con potencia, aunque todavía no haya estallado del todo. Mira a la lente como si buscara a alguien puntual, sin saber cuántas personas lo están mirando del otro lado. El momento es íntimo y, a la vez, calculado. En tiempos digitales, tocar también es insistir, repetir y disputar visibilidad. El escenario ya no se baja nunca: ahora está dentro del teléfono.
Ese cruce entre música y estrategia se respira en Trendo, la agencia creativa que funciona en una vieja casona sobre la avenida Córdoba. Entre pasillos luminosos, estudios de grabación y salas de trabajo atravesadas por neones, conviven canciones, métricas y decisiones de marketing. Allí llega Skar, bien vestido, con lentes oscuros, después de uno de los últimos ensayos previos a la presentación de su disco Rockera en La Trastienda. “Arriba del escenario quedás expuesto, la gente ve que sos de carne y hueso”, dice, mientras se sirve un café.
A los 27 años, Skar llegó a Buenos Aires desde Santa Fe para trabajar como fotógrafo. El contacto con la escena urbana —incluida su experiencia junto a figuras del trap— le permitió conocer la música desde abajo del escenario. Con el tiempo, la pregunta fue inevitable: por qué no hacer su propio camino artístico.
La escena musical parece haber transitado de la cultura del agite a la cultura del algoritmo. Donde antes había radios, sellos y productores como intermediarios, hoy manda un sistema que no negocia ni escucha demos, pero define destinos con precisión matemática. En ese contexto, el rock aprendió a aparecer primero en la pantalla y después en el pogo.
“Hoy los primeros segundos son clave”, reflexiona Ale Kurz, exlíder de El Bordo y creador de las Portal Session, un espacio pensado como refugio creativo frente a la lógica acelerada de las redes. “La expresión artística necesita respirar”, sostiene, aunque reconoce que los hábitos de consumo cambiaron de manera radical. “Un disco como Dark Side of the Moon hoy no podría salir igual: tarda demasiado en arrancar”.
El músico contemporáneo habla varios idiomas a la vez. Compone y canta, pero también edita videos, analiza estadísticas, responde comentarios y estudia tendencias. La figura del artista se volvió un equipo unipersonal. La pregunta, inevitable, flota en el aire: ¿se crea con el algoritmo o para el algoritmo?
Skar no reniega de ese escenario. Reconoce que el rock encontró en las redes un canal de difusión masivo y accesible. “Quizás da un poco de cringe, pero es el medio que tenemos hoy”, dice. Para él, no se trata de impostar un personaje, sino de entender cómo se construye visibilidad. Cada video tiene una duración pensada, un plano elegido y un horario estratégico. “Sin un buen tema no hay resultado, pero sin estrategia tampoco”, resume.
Los números respaldan esa intuición: la mayoría de las canciones que llegan a los rankings globales pasaron antes por la viralidad. Entrar en el algoritmo ya no es una opción, es casi una condición de existencia. Detrás de ese concepto abstracto hay sistemas que aprenden de cada like, cada comentario y cada segundo de atención, buscando patrones que mantengan a los usuarios conectados.
Del otro lado de la pantalla, la exposición también tiene costos. Skar lo sabe: insultos, amenazas y saturación forman parte del juego. Incluso una reacción de odio terminó transformada en canción y contenido viral. La controversia, en ese sentido, también se volvió materia prima.
Con influencias que van de Intoxicados a Catupecu Machu, Skar define al rock como su ecosistema natural. Su recorrido muestra que el género no desapareció: mutó. Hoy transpira en los escenarios, pero también suda likes. Entre el riff y el scroll, el rock busca seguir siendo rock sin dejar de existir en el lenguaje de la época.
