Cuando el poder entra en crisis, abandona los disfraces. Donald Trump volvió a hacerlo: habló como imperio, amenazó como imperio y pensó el mundo como botín. Venezuela, Cuba, Colombia, México y hasta Groenlandia quedaron otra vez en la lista de territorios “problemáticos” que Estados Unidos dice necesitar por razones de “seguridad nacional”, la coartada histórica para justificar invasiones, golpes y saqueos.

Las declaraciones no fueron un exabrupto. Son parte de una doctrina conocida: cuando el control económico flaquea, aparece la intimidación militar. Trump no improvisa; reactualiza el manual.

La amenaza contra Venezuela llegó en un contexto especialmente grave: horas después del secuestro ilegal de Nicolás Maduro y su esposa y de la asunción interina de Delcy Rodríguez. “Si no se portan bien, lanzaremos un segundo ataque”, dijo sin rodeos. El mensaje fue explícito: Washington exige acceso irrestricto a los recursos naturales venezolanos y no reconoce ningún límite jurídico ni soberanía que se interponga.

El patrón se repite. Recursos primero, violencia después, relato moralizante al final.

Colombia fue el siguiente blanco. Trump retomó el libreto más burdo de la Guerra Fría: acusó sin pruebas al presidente Gustavo Petro de narcotraficante y dejó flotando la idea de una invasión. “Suena bien”, respondió cuando le preguntaron si Estados Unidos podría intervenir militarmente. No hubo rectificación, ni matices, ni diplomacia. Solo desprecio colonial.

La acusación no busca describir la realidad: busca deslegitimar gobiernos no alineados y preparar el terreno para la intervención. El narcotráfico funciona, una vez más, como excusa perfecta para disciplinar políticamente a la región.

Cuba tampoco quedó afuera. Trump aseguró que la isla “está a punto de caer” y celebró anticipadamente el ahogo económico como método de rendición. No habló de invasión, porque no la necesita: el bloqueo, la asfixia financiera y el castigo colectivo siguen siendo armas eficaces del imperialismo moderno. Que un presidente estadounidense hable del colapso de un país como si fuera un fenómeno natural expone el grado de deshumanización con el que se ejerce el poder global.

México aparece en el mismo registro: “hay que hacer algo”. Nada nuevo. Desde hace décadas, Estados Unidos combina amenazas, militarización de fronteras y subordinación económica mientras se presenta como víctima de los problemas que él mismo produce.

El caso de Groenlandia completa el cuadro. Trump volvió a insinuar que Estados Unidos “necesita” ese territorio autónomo bajo soberanía danesa. Frente al rechazo europeo, bajó el tono pero no el contenido: pospuso la discusión, no la ambición. La lógica es idéntica a la del siglo XIX: territorios estratégicos, recursos naturales y control geopolítico disfrazados de preocupación por la seguridad.

Nada de esto es nuevo. Lo nuevo es la obscenidad con la que se dice.

Trump no habla como un presidente aislado o excéntrico: habla como síntoma. De un imperio en declive que ya no puede convencer, solo amenazar. Que ya no lidera, sino que impone. Y que, cuando pierde legitimidad, recurre al lenguaje más antiguo del poder: el del miedo, la violencia y la fuerza bruta.

América Latina conoce bien ese idioma. Cada vez que Washington “se preocupa”, la región sangra.


By Brian

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