La verdad suele llegar tarde, pero cuando llega deja en evidencia el tamaño de la farsa. Estados Unidos terminó admitiendo lo que Venezuela denunciaba desde hace años: el llamado Cartel de los Soles no existe. No es una organización criminal real. No es un entramado narcoterrorista. No es nada. Una ficción. Una etiqueta útil. Un recurso narrativo para justificar lo injustificable.

La revelación fue publicada por el New York Times y obligó al Departamento de Justicia estadounidense a retirar una de las acusaciones centrales contra Nicolás Maduro, aquella que había servido como pilar discursivo para su secuestro, su traslado forzado a Estados Unidos y la invasión militar del fin de semana pasado. El argumento se desmoronó por su propio peso: no se puede pertenecer a una organización que no existe.

Durante años, la administración de Donald Trump sostuvo que Maduro estaba vinculado al Cartel de los Soles, un supuesto grupo narcoterrorista que Washington —y luego la Argentina de Javier Milei— incorporaron con entusiasmo a sus listas de organizaciones terroristas. Hoy, esa construcción se derrumba y deja al descubierto el mecanismo clásico del neoliberalismo geopolítico: primero se inventa el enemigo, después se criminaliza al adversario, finalmente se bombardea.

Ante el colapso del relato, el Departamento de Justicia debió “recalcular”. Retiró el cargo vinculado al cartel inexistente y lo reemplazó por una acusación más difusa: una supuesta conspiración basada en un “sistema de patrocinio” financiado con dinero del narcotráfico. Ya no hay cartel, ya no hay estructura, ya no hay organización: hay metáforas, insinuaciones y una vaga “cultura de corrupción”. El derecho penal convertido en literatura creativa.

El contraste es elocuente. En la acusación original de 2020, el Cartel de los Soles aparecía decenas de veces. En la nueva presentación judicial, apenas se lo menciona dos veces, y no como organización real sino como un nombre coloquial para describir redes de poder. La fantasía se achicó. El daño, no.

Desde Caracas, el gobierno venezolano ya había advertido que la acusación era una “infame y vil mentira” destinada a justificar una intervención militar ilegítima e ilegal. Hoy, esa denuncia encuentra respaldo en la propia rectificación estadounidense. El problema es que las bombas no se desactivan con fe de erratas.

Este giro expone una de las críticas más severas que la oposición demócrata, medios estadounidenses y actores internacionales le hacen a Trump: la ausencia de pruebas, la fragilidad jurídica y la arbitrariedad con la que se tomó la decisión de invadir Venezuela y secuestrar a su presidente. Pero también deja en evidencia algo más profundo: el neoliberalismo no necesita pruebas, necesita relatos funcionales.

Y en ese punto aparece la Argentina. Porque el derrumbe del argumento de Washington deja en offside a la Casa Rosada. En su alineamiento automático y acrítico con Estados Unidos, el gobierno de Javier Milei incorporó al Cartel de los Soles al Registro Público de Entidades Terroristas en agosto del año pasado. Una decisión celebrada públicamente por Patricia Bullrich tras la detención de Maduro. Hoy, esa decisión queda flotando en el aire, sostenida por una organización que el propio Departamento de Justicia norteamericano reconoce que no existe.

El neoliberalismo tiene estas cosas: inventa enemigos, exporta listas negras, impone guerras preventivas y luego, cuando el relato se cae, pasa de página como si nada. El problema es que las consecuencias no son simbólicas. Son muertos, países devastados y soberanías arrasadas.

La ficción terminó. Lo que queda es la responsabilidad política de quienes la compraron, la difundieron y la usaron para legitimar la violencia.

By Brian

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