Trump desata el mapa: cuando el neoliberalismo vuelve a jugar a la conquista

Donald Trump ya no disimula. Se mira al espejo y no ve a un presidente: ve a un conquistador. Solo le faltan el uniforme caqui, el sable y un globo terráqueo para señalar, con el dedo manchado de petróleo y sangre, cuál será el próximo territorio a disciplinar. El ataque sangriento a Venezuela no lo sació: lo cebó. Y ahora, sin anestesia ni eufemismos, enumeró sus próximas “amenazas”: Colombia, México, Cuba y Groenlandia.

El libreto es conocido. Para América Latina, el comodín eterno: el narcotráfico. Para Groenlandia, la “seguridad nacional” y la presencia de barcos rusos y chinos en el Ártico. El resultado es el mismo: soberanías convertidas en problemas, pueblos reducidos a obstáculos y recursos naturales transformados en botín legítimo.

La invasión a Venezuela —que incluyó el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro y de Cilia Flores, además de un saldo de decenas de muertos y heridos— dejó a Trump envalentonado. Como un animal cebado, ahora amenaza con ampliar el radio de la violencia. No habla de diplomacia, habla de “hacer algo”. No menciona derecho internacional, menciona conveniencia. No invoca la paz, invoca la fuerza.

Las respuestas no tardaron en llegar. Gustavo Petro fue el más contundente. El presidente colombiano recordó que en 1989 dejó las armas para incorporarse a un proceso de paz, pero advirtió que ante una agresión extranjera “por la Patria tomaré de nuevo las armas que no quiero”. Un mensaje directo a quien, desde el Air Force One, lo acusó sin pruebas de vínculos con el narcotráfico y dijo que una invasión a Colombia “le suena bien”.

Trump incluso se permitió el tono mafioso: le recomendó a Petro “cuidarse el culo” y lo acusó de tener “fábricas de cocaína”. Nadie en el avión recordó las bases militares estadounidenses en Colombia ni la presencia histórica de la DEA, siempre sospechada de convivir con los mismos cárteles que dice combatir, en el principal mercado consumidor de cocaína del planeta: Estados Unidos.

Petro respondió con datos, algo que el neoliberalismo detesta. Recordó que su gobierno logró la mayor incautación de cocaína de la historia, frenó el crecimiento de los cultivos y sustituyó 30.000 hectáreas mediante acuerdos voluntarios con campesinos. Pero también fue político: advirtió que bombardear zonas rurales mataría niños y campesinas, y que detener a un presidente elegido “desataría al jaguar popular”. Trump se enfrenta —le dijo— a “un comandante del pueblo”.

México también entró en la mira. “Hay que hacer algo con México”, dijo Trump, acusando a Claudia Sheinbaum de ser “una persona estupenda” pero con “miedo” a los cárteles, y revelando que ella rechazó el envío de tropas estadounidenses. Sheinbaum fue categórica: la soberanía y la autodeterminación “no son negociables”. Recordó que América no pertenece a ninguna doctrina ni potencia y dejó una frase incómoda para Washington: “En México manda el pueblo”.

Cuba apareció en el discurso como una fantasía más del colapso ajeno. Trump aseguró que “está a punto de caer”, ignorando con total desparpajo que la isla resiste hace 64 años bajo un bloqueo criminal. No anunció invasión: tal vez porque ni siquiera el neoliberalismo cree ya en ese cuento.

Y como si faltara algo, Trump volvió a insistir con Groenlandia. Sin que nadie se lo preguntara, explicó que “la necesitamos” por razones estratégicas y se burló de Dinamarca diciendo que su aporte a la seguridad fue “agregar un trineo más para perros”. El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, respondió con firmeza: “No más insinuaciones. No más fantasías sobre la anexión”. Dinamarca y la Unión Europea cerraron filas, recordándole a Trump principios elementales como soberanía, integridad territorial y respeto a la Carta de la ONU.

Mientras tanto, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, China, Rusia, Colombia y Chile cuestionaron duramente la escalada estadounidense. El único que acarició sin pudor el oído de Washington fue el representante argentino, fiel al alineamiento automático de la Casa Rosada.

Trump no amenaza: anuncia. Su retórica está a pocos pasos de los misiles. Y el neoliberalismo, una vez más, demuestra que cuando habla de libertad lo hace con lenguaje bélico, cuando habla de seguridad piensa en negocios y cuando habla de democracia ya tiene preparada la invasión.


By Brian

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