Durante décadas, el poder imperial se sostuvo tanto por la fuerza como por el relato. Bombardeaba, invadía y saqueaba, pero siempre envuelto en un lenguaje moral: democracia, libertad, derechos humanos, lucha contra el terrorismo. Hoy, ese ropaje se cae. El emperador está desnudo.
En una contratapa de Página/12 de 2007 ya advertíamos sobre los vaivenes del ideoléxico “ser de derecha” en América Latina: cómo lo que había sido una identidad de supervivencia durante las dictaduras pasó, con el tiempo, a convertirse en una acusación incómoda. Los ideoléxicos —y las cristalizaciones ideológicas que arrastran— parecen moverse en ciclos generacionales de unos treinta años. Pero esos ciclos no son naturales ni autónomos: están profundamente condicionados por la mirada, los intereses y las intervenciones de los imperios.
En la periferia, las oscilaciones ideológicas se aceleran o se reprimen desde afuera. En el centro del Imperio, en cambio, los ciclos son más largos. No dependen de intervenciones externas, sino del poder relativo de su propia clase dominante. Allí, las leyes no expresan consensos democráticos, sino relaciones de fuerza: en el capitalismo neoliberal y neofeudal, el dinero compra políticos y las corporaciones escriben las leyes sin intermediarios.
Como ningún sistema jurídico reconoce abiertamente el derecho de un país a dictar las leyes de otros, los imperios fabrican doctrinas. La Doctrina Monroe fue una de ellas. Luego vinieron los tratados, las “guerras preventivas” y las intervenciones humanitarias. Todas se vistieron de excusas sagradas: Dios, la raza, la libertad, la propiedad privada, la democracia. Hoy, esas excusas empiezan a secarse.
Donald Trump lo dijo sin rodeos: invadir Venezuela para “hacer mucho dinero con su petróleo”. En la conferencia posterior al secuestro de Nicolás Maduro mencionó más de veinte veces la palabra petróleo y ni una sola vez democracia. No fue un lapsus: es la explicitación brutal de lo que siempre estuvo en juego. El Proyecto 2025 y los ideólogos neomonárquicos como Curtis Yarvin ya no buscan convencer: buscan gobernar sin máscara.
El imperialismo estadounidense nació del fanatismo protestante, calvinista y privatizador que justificó el genocidio originario. La lógica es la misma desde hace cuatro siglos: provocar, acusar, victimizarse e invadir. James Polk lo hizo al ordenar inventar un río para declarar una “guerra defensiva” contra México y quedarse con la mitad de su territorio. Trump repite el método: primero acusa a Maduro de narcotráfico, luego declara al fentanilo “arma de destrucción masiva” y finalmente interviene, como se hizo en Irak con Saddam Hussein.
Hasta hace poco, los emperadores cuidaban el smoking. Bush y Obama disimulaban. Con el Tea Party y el trumpismo, el fascismo, el racismo y la misoginia dejaron de ser un estigma para convertirse en orgullo. Es lo que llamamos “la rebelión de los amos”: una guerra de clases desde arriba, peleada con ejércitos de peones descartables que no tienen nada que ganar, salvo el permiso de odiar.
En su primer mandato, Trump todavía negaba ser racista o imperialista. En el segundo, ya no se molesta. Cuando le preguntaron si le molestaba que lo llamaran fascista, respondió: “deciles que sí”. No hay corrección política cuando el poder entra en fase de desnudez.
Hace años propusimos la fórmula P = d·t: el poder (P) se sostiene en una relación inversa entre tolerancia (t) y diversidad/disidencia (d). Cuando el poder es incontestable, tolera la diversidad. Cuando el poder declina, la diversidad se vuelve amenaza. La creciente censura, la persecución de libros, la demonización de minorías y el ataque a la memoria histórica no son signos de fortaleza, sino de debilidad imperial.
El secuestro de Maduro lo confirma. Ocurre semanas después de la liberación de Juan Orlando Hernández —condenado por narcotráfico— y horas después de la reunión de Trump con Netanyahu, requerido por la Corte Penal Internacional. El mensaje es claro: no hay ley, hay fuerza.
La ONU vuelve a emitir comunicados “preocupados” por los “precedentes peligrosos”. Pero esos precedentes llevan más de dos siglos. Nada de lo que ocurre es nuevo: invasión por recursos, cipayismo local, timidez de las dirigencias progresistas, violación sistemática del derecho internacional.
Lo nuevo es que ya no se disimula.
La “palestinización del mundo” avanza: secuestros, zonas de excepción, militarización, normalización de la brutalidad. Incluso dentro de Estados Unidos, con el ICE y la Guardia Nacional, el imperio empieza a tratar a su propia población como trató siempre a sus colonias.
Vendrán más intervenciones, más golpes, más guerras inducidas en América Latina, África y Medio Oriente. El objetivo es frenar al Sur Global y, en particular, a China. Pero el costo humano volverá a pagarlo la periferia.
El emperador está desnudo. Y cuando el poder deja de mentir, no es porque se volvió honesto, sino porque ya no siente que deba rendir cuentas.
