El neoliberalismo tiene esa capacidad extraordinaria: convertir la devastación en mérito, la invasión en gesta y la sumisión en virtud democrática. Esta semana volvió a dar cátedra. María Corina Machado, dirigente de la derecha venezolana y ferviente promotora de una intervención militar extranjera en su propio país, decidió agradecerle públicamente a Donald Trump por la invasión a Venezuela ofreciéndole compartir su Premio Nobel de la Paz. Sí, el de la paz. El de los bombardeos.
“Ciertamente queremos dárselo y compartirlo con él”, declaró Machado con una sonrisa televisiva en Fox News, celebrando lo que definió como “valientes acciones”: la violación de la soberanía venezolana, la muerte de más de 80 personas y la detención ilegal del presidente Nicolás Maduro en una operación que no contó con aval del Congreso estadounidense ni justificación jurídica sólida de la Casa Blanca.
La escena resume el ADN neoliberal: premios humanitarios entregados por quienes aplauden la guerra, discursos sobre dignidad humana pronunciados sobre escombros, libertad invocada al ritmo de drones. Para Machado, el derrocamiento de Maduro no fue una tragedia sino “un gran paso para la humanidad”. Una humanidad selectiva, claro: la que coincide con los intereses de Washington y el capital transnacional.
La líder antibolivariana, que lleva meses reclamando sanciones, bloqueos e intervención armada, anunció además que planea regresar “lo antes posible” a Venezuela para convertirla en “un centro energético para las Américas” y “garantizar la seguridad de la inversión extranjera”. Traducido del neolenguaje neoliberal: petróleo para afuera, ganancias aseguradas, soberanía en liquidación.
El problema —y aquí el cinismo alcanza niveles quirúrgicos— es que ni siquiera el propio Trump la quiere. El expresidente estadounidense fue tajante al descartar su liderazgo: “No tiene el apoyo ni el respeto dentro del país”. Agradable, pero prescindible. El neoliberalismo también es eso: usar y descartar sin anestesia.
Sin embargo, Machado insiste. Aun ninguneada por quien decidió el destino de su país desde el Pentágono, volvió a ofrecerle el Nobel “en nombre del pueblo venezolano”. Un pueblo que no votó la invasión, que no autorizó la guerra y que ahora es invocado como excusa retórica para legitimar la entrega.
Mientras tanto, Delcy Rodríguez juró como presidenta interina y se comprometió a colaborar con la administración Trump, y Maduro fue trasladado a un tribunal de Nueva York acusado de narcotráfico. El nuevo orden se acomoda rápido: jueces, mercados y premios internacionales funcionan mejor cuando las bombas ya hicieron el trabajo sucio.
El neoliberalismo no busca la paz: busca estabilidad para los negocios. No promueve la democracia: promueve gobiernos obedientes. Y cuando hace falta, le pone un moño dorado al misil y lo llama Premio Nobel.
