La famosa topadora mileísta no terminó el año llevándose todo por delante, sino chocando contra límites que ni los opositores más dialoguistas están dispuestos a cruzar sin pagar costos. Lo ocurrido en el Congreso entre miércoles y jueves dejó una certeza incómoda para el Gobierno: todavía hay disputa política, por más que el relato libertario la dé por clausurada.

Es verdad que el oficialismo conserva la iniciativa y fija la agenda. Todo gira alrededor de lo que hace, deja de hacer o promete Javier Milei. Incluso sus desbordes más grotescos, como cuando el Presidente explicó, entre risas y aplausos de streamers serviles, que a los jubilados reprimidos en las marchas “les enseñan a bañarse” gracias al camión hidrante, rebautizado con ternura como “la caprichosa”. Vulgaridad, crueldad y banalización del daño como síntoma de época y método de gobierno.

Sin embargo, que Milei monopolice la escena no significa que avance sin fricciones. Algunas administraciones provinciales —en particular la bonaerense— logran sostenerse pese al ahogo financiero impuesto desde la Casa Rosada e incluso mantener obra pública mientras el Estado nacional paraliza todo. El problema es que esas resistencias no logran impacto mediático ni traducirse en una alternativa política sólida.

La oposición sigue siendo, en términos propositivos, un desierto. Apenas la unidad parlamentaria coyuntural de Fuerza Patria permitió frenar algunas barbaridades, como el intento de desfinanciar universidades y eliminar la emergencia en discapacidad. Poco, pero suficiente para recordarle al Gobierno que no gobierna solo por decreto emocional.

El acto reciente de la CGT fue más significativo por su reaparición que por su masividad. Con un nuevo triunvirato —todavía en veremos— la central sindical volvió a escena, mientras en varias ciudades del interior hubo movilizaciones relevantes, invisibilizadas por los grandes medios. Falta saber si esa presencia se traducirá en capacidad real de confrontación o quedará en gestos de supervivencia.

El traspié libertario se explica, en buena parte, por su propia soberbia. Convencido de que nada ni nadie podía frenarlo, el Gobierno intentó colar en el Presupuesto un “articulito” destinado a liquidar el financiamiento universitario y otros derechos ya rechazados varias veces, tanto en el Congreso como en la calle. Una maniobra burda, atribuida a Toto Caputo, que ni siquiera fue avisada a tiempo a los propios operadores legislativos.

El resultado fue previsible: errores no forzados, falta de muñeca política y un oficialismo que ahora duda entre aceptar un Presupuesto que dice ser deficitario o quedar en el insólito récord de vetar su propia ley de leyes. Claro que Washington exige que haya Presupuesto aprobado, porque este es un Gobierno que administra bajo supervisión externa y con el FMI mirando cada coma.

A eso se suma que la reforma laboral antisindical quedó postergada hasta febrero. Patricia Bullrich habló de “diálogo” y “escuchar propuestas”, con una convicción que ni ella misma pareció creer. Otro retroceso maquillado de pausa estratégica.

Mientras tanto, en Casa Rosada se buscan culpables. Se habla de traiciones, de ineptitudes, de gobernadores que supuestamente estaban “arreglados” después de recibir giros discrecionales por hasta 65 mil millones de pesos. Chaco, Entre Ríos, Chubut, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Río Negro, Neuquén y Misiones fueron algunas de las beneficiadas. Aun así, no alcanzó.

El Gobierno parece no entender que la política no es una planilla Excel ni una billetera automática. Que hay climas, presiones sociales, formas que respetar. Que incluso los más dóciles tienen un límite cuando el costo simbólico es votar contra universidades, hospitales y personas con discapacidad.

En síntesis, Milei tropezó cuando menos lo esperaba. No porque haya dejado de ser eficaz para aplicar un ajuste brutal, sino porque su impericia política, su soberbia y su desprecio por cualquier mediación le jugaron en contra.

Nada garantiza que este traspié no sea corregido en febrero, cuando vuelvan a intentarlo con más presión y menos pudor. Pero, al menos por ahora, quedó claro que la topadora también patina y que hay una esencia argentina —conflictiva, desordenada, imprevisible— que el mileísmo todavía no logra arrasar.

By Brian

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *