Si algo caracteriza a la política exterior de Donald Trump es su brutal sinceridad estratégica: Estados Unidos se repliega de Europa, arma el tablero del Pacífico para disputar con China y vuelve a mirar a América Latina como lo que nunca dejó de considerar que es: un depósito de recursos a disposición. Nada nuevo bajo el sol, salvo el descaro.

En ese esquema, el Caribe aparece como el primer territorio a “ordenar”, en nombre de un Destino Manifiesto reciclado para el siglo XXI. Pero antes de pensar en disputar la hegemonía global con Beijing, Washington necesita resolver un problema previo: Venezuela. No por su “falta de democracia”, ni por el narcotráfico, ni por los derechos humanos —argumentos intercambiables según convenga— sino porque Caracas se sienta sobre una montaña de riquezas estratégicas sin las cuales el sueño imperial tambalea.

Es cierto que Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del planeta, más de 300 mil millones de barriles. Pero el apetito estadounidense ya no se conforma con crudo. El verdadero botín está bajo tierra: minerales críticos y tierras raras, los 17 elementos metálicos que hacen funcionar la guerra moderna, la inteligencia artificial, las armas hipersónicas, los drones, los misiles “inteligentes”, los F-35, los radares Patriot y la transición energética que tanto se declama mientras se bombardea medio mundo.

Metales como el tantalio, el niobio, el galio, el germanio o el grafito son hoy más decisivos que los tanques. Y ahí está el problema: China controla cerca del 70% de la minería global y procesa alrededor del 90% de las tierras raras del planeta. Estados Unidos, en cambio, depende casi por completo de proveedores externos… y en un 70%, de Beijing. Una dependencia intolerable para cualquier imperio en decadencia.

Por eso, cuando China decidió restringir la exportación de doce minerales pesados clave para la industria militar estadounidense, la alarma sonó en el Pentágono. No casualmente, ese movimiento coincidió con una renovada ofensiva política, diplomática y mediática contra Venezuela. La narrativa del narcotráfico vuelve a escena justo cuando escasean los insumos para fabricar misiles.

El descubrimiento del coltán en 2009, durante el gobierno de Hugo Chávez, terminó de sellar el destino geopolítico del país. El llamado “oro azul”, valuado en cientos de miles de millones de dólares, convirtió a la cuenca amazónica venezolana en un objetivo estratégico global. En 2016, Nicolás Maduro creó el Arco Minero del Orinoco, delimitando áreas bajo control estatal para su explotación. Desde entonces, Washington afila los cuchillos.

Algo similar ocurre con el Escudo Guayanés, uno de los fragmentos geológicos más antiguos del planeta, repleto de tierras raras, estaño y tungsteno. Demasiado tentador para una potencia que necesita desesperadamente romper su dependencia de China y garantizar el abastecimiento de su complejo militar-industrial.

Como siempre, los argumentos sobran: que el ELN, que disidencias de las FARC, que narcotráfico, que trata de personas, que degradación ambiental. Todo junto, convenientemente mezclado. Según el Departamento de Estado, esas organizaciones controlarían zonas mineras bajo la mirada cómplice de Maduro… y, por supuesto, con China comprando todo por atrás. El libreto es conocido: primero la demonización, después las sanciones, finalmente la intervención “humanitaria”.

En este escenario, la disputa entre Estados Unidos y China amenaza con fusionar definitivamente la geopolítica del petróleo con la geopolítica de los minerales críticos, colocando a Venezuela en el centro de un posible conflicto mayor por recursos, cadenas de suministro y control tecnológico global.

No sorprende entonces que las corporaciones mineras, los contratistas de defensa y los magnates tecnológicos estadounidenses vean al país caribeño como una cantera estratégica. El Pentágono ya invirtió más de 400 millones de dólares en MP Materials, convirtiéndose en su accionista mayoritario. Otras empresas como USA Rare Earth, Cove Capital, Critical Metal y startups como ReElement o Vulcan Elements —esta última vinculada directamente a Donald Trump Jr.— ya olfatean el negocio.

La frutilla del postre la puso Joshua Ballard, CEO de USA Rare Earth, al declarar sin pudor: “Este es el momento del Proyecto Manhattan para las tierras raras”. Una comparación escalofriante: así como la bomba atómica fue necesaria para cerrar la Segunda Guerra Mundial, hoy parecería legítimo arrasar un país para asegurar el suministro de minerales.

En definitiva, cuando Trump habla de Venezuela, no habla de democracia. Habla de petróleo, de coltán, de tierras raras y de guerra. El problema no es Maduro: el problema es que Venezuela tiene demasiado de lo que el imperio necesita.

By Brian

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